lunes, 22 de mayo de 2017

Culloden Moor: La última carga Highlander

Mucho se ha escrito acerca de la batalla de Culloden Moor, la última batalla en suelo británico allá por el año 1746. La derrota del ejercito jacobita frente al bando de la Casa Hannover fue definitiva y supuso la desaparición del sistema de clanes que había regido las Highlands e islas escocesas durante siglos.


A escasos kilómetros de Inverness, la capital de las tierras altas, se encuentra el escenario de la batalla. Hoy en día es un monumento venerado no sólo por los escoceses, sino también por los miles de descendientes de aquellos highlanders que, tras la derrota y perseguidos por el ejercito del Duque de Cumberland, se vieron forzados a emigrar hacia las colonias de ultramar (Australia, EEUU, Canadá, Nueva Zelanda...) para salvar su vida. Si vas a Culloden seguro que verás alguno y te sorprenderá que, aún habiendo nacido en otro país y después de varias generaciones, guarden tanto respeto a la memoria de sus antepasados.


Entrada a Culloden Moor
La primera gran mentira que se nos cuenta acerca de Culloden, es que fue una batalla entre el ejercito inglés y el escocés. Esto es totalmente falso porque había escoceses combatiendo en ambos bandos. Hubo clanes que apoyaron al ejercito jacobita, otros al ejercito gubernamental de los hannover, alguno tenía representantes en ambos ejércitos, y otros se declararon neutros y no apoyaron a ninguno.

Otra creencia errónea es la que habla de una guerra religiosa entre católicos y protestantes. Pero no podemos obviar que algunos de los clanes que pelearon en el bando jacobita eran episcopalianos, no sólo católicos como muchos piensan. Se cree que al menos un tercio de la tropa jacobita era de religión protestante.

Lápida conmemorativa de la batalla en un monumento sobre el campo de batalla
Los orígenes del conflicto hay que buscarlos en la "Revolución gloriosa" (1688), momento en la que el rey Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia, el último monarca católico en Gran Bretaña, fue depuesto por su yerno, el protestante Guillermo de Orange. Desde entonces la casa Estuardo intentaría infructuosamente, y no en pocas ocasiones, recuperar el trono con el tímido apoyo de reinos como Francia y España. 

Tras fracasar estrepitosamente en 1715 y 1719 los primeros levantamientos jacobitas, en 1745 se produce un tercer levantamiento, promovido esta vez por Carlos Estuardo, el príncipe heredero, que reclamaba el trono para su padre Jacobo III. Desde su exilio en Francia convoca a los jefes de los diferentes clanes para que le apoyen en su causa, explicándoles que contará con armamento, dinero y voluntarios franceses para su propósito. 


Monumento a los highlanders jacobitas que murieron en batalla. Está ubicado en Glenfinnan, el lugar en donde Carlos Estuardo fue recibido por el clan McDonald, y donde alzó su bandera real por primera vez.
Sin embargo los clanes no se muestran muy entusiasmados con la idea y, nada mas arribar en Escocia, el jefe del clan McDonald le aconseja desistir y regresar a Francia. Máxime cuando el barco en donde viajaban los voluntarios franceses y gran parte del armamento había sido dañado en una refriega con una embarcación inglesa, obligándoles a regresar a Francia. "He vuelto a casa, señor" fue la respuesta del príncipe Carlos Estuardo.

En unos días aparecen en Glenfinnan nuevos clanes que se suman a la causa jacobita: mas ramas del clan McDonald, además de los Cameron, McFie McDonell, hasta completar un ejercito de 1.200 personas. De todos ellos, y excepto dos oficiales, ninguno tenía mucha experiencia militar y mucho menos en guerras.

Por su parte, el ejercito inglés había construido una red de fuertes para controlar las sublevaciones en las highlands. Sin embargo las guerras en el viejo continente le habían pasado factura y a penas contaba con 3.000 soldados, incluyendo los inválidos de guerra que conformaban la guarnición de algunos castillos.



Poco a poco el ejercito jacobita va ganando adeptos entre los clanes de las highlands y conforma un ejercito numeroso con el que toma Edimburgo, que había permanecido fiel a la casa Hannover, y Glasgow. Los Hannover, tras caer la capital escocesa, se toman en serio la amenaza jacobita y envían al ejercito gunernamental acuartelado en Escocia a hacerles frente.

Tras alguna escaramuza, la primera gran batalla tiene lugar en Prestonpans. Allí el ejercito jacobita literalmente arrasa al ejercito gubernamental de Sir John Cope en tan sólo 5 minutos, causándole más de 500 muertos, muchos heridos y más de 1.000 prisioneros. La carga de los highlanders, temida entre el ejercito inglés por su bravura, acabó con el orden y la táctica prevista inicialmente por Cope, rompiendo por completo sus líneas. 

Ataviados con su manta, y algunos descalzos, los highlanders iniciaban la carga corriendo como posesos cubriéndose con su escudo. A unos 50 metros del enemigo disparaban su fusil o mosquete, que arrojaban al suelo. A continuación proseguían su avance y, cuando estaban a unos 10 metros del enemigo, disparaban sus pistolas, que luego les arrojaban con la intención de que su culata de acero, con forma de garra, golpease en la cabeza del enemigo. Finalmente, en el cuerpo a cuerpo, rechazaban con su escudo el ataque de las bayonetas y los acuchillaban con una facilidad y precisión pasmosa. 



La victoria en Prestopans eleva la moral de las tropas jacobitas pero también crea las primeras envidias y desencuentros entre sus oficiales. Carlos Estuardo, obcecado por tomar Londres, se muestra partidario de invadir Inglaterra desoyendo los consejos de su comandante en jefe, Lord Murray, quien desaprueba por completo esta medida.

Carlos asegura que en Inglaterra se les unirían tanto milicias de jacobitas ingleses, así como un importante contingente francés enviado por Luis XV. En contra de la opinión de Lord Murray, el ejercito jacobita inicia la invasión inglesa con 5.000 hombres, tomando la ciudad de Carlisle. La tensión entre Murray y el príncipe Carlos va en aumento y los desencuentros y desconfianzas del príncipe hacia su comandante en jefe son constantes. Fruto de ello, Lord Murray dimite y pasa a combatir como un soldado mas en el regimiento Altholl.


Sin Murray el descontento entre la tropa crece y Carlos se ve en la obligación de restituirlo en su cargo. Solucionado el incidente, el ejercito jacobita prosigue su avance y toma Preston, Manchester, Derby... Y precisamente en esta última ciudad, tiene lugar un hecho clave. Lord Murray convoca al Consejo Militar y solicita regresar a Escocia ya que no había rastro ni del supuesto apoyo jacobita inglés ni mucho menos de las tropas francesas de Luis XV. El Consejo le da la razón y comienza el retorno a Escocia, cosa que Carlos Estuardo nunca le perdonará. Estaban a 182 km de Londres y seguramente, de haberse acercado mas, Guillermo III habría puesto tierra de por medio.

Entre tanto, el monarca Guillermo III, consciente de que había perdido el control de Escocia, veía peligrar su corona y ya preparaba un plan de escape hacia los Países Bajos. En cuanto arrivan los 10 batallones provenientes de  Flandesentra en escena el Duque de Cumberland. Conforma un ejercito con gente muy experimentada y veterana, y en cuanto puede se dirige al encuentro del ejercito jacobita.

Durante la retirada jacobita, el propio Lord Murray se encargó de organizar la retaguardia pese a la actitud negativa de Carlos y a la presencia cada vez más cercana de las tropas de Cumberland. Carlos seguía haciendo caso omiso a las instrucciones de Lord Murray y fracasa en el asedio de Stirling, la puerta hacia las tierras altas.



Tan sólo quedaba huir hacia las tierras altas y buscar un sitio idóneo para presentar batalla al ejercito gubernamental. Esta medida enfurenció mas al principe Carlos, quien vio como su causa perdía fuelle y llegó a acusar a Lord Murray de traidor. 

Una vez en Inverness, el hambre, el cansancio y la deserción diezmaban las filas jacobitas. Por si fuera poco, Carlos escoge como terreno de batalla el margen izquierdo del río Nairm, justo el contrario al que proponía Lord Murray. La elección no podía ser peor: un páramo empantanado, sin pendientes, con terreno irregular y en donde los highlanders no podían sacar partida de su temida carga.

Por si fuera poco, Cumberland se presentó al frente de 6.400 hombres de infantería, en su mayoría veteranos curtidos en la guerra contra Francia, 2.400 a caballo, 6.000 mercenarios holandeses y un amplio contingente de tropas auxiliares y de voluntarios escoceses, aportados por clanes leales a la casa Hannover (Campbell, Munro, Gunn, Sutherland, Ross, Grant, Cathcart, Cunningham, Kerr y Colville).

En frente, un ejercito jacobita cansado y desnutrido, con apenas 5.000 highlanders (McDonald, McDonell, Cameron, Murray, Gordon, Fraser, McLean, McLeod, Ogilvy, Chrisholm, McLaren, McBean, McLachlan, McKenzie, Chattan, McIntosh y Faqhuarson)y 800 soldados franceses (Écossais Royaux)




La batalla fue una masacre. Durante media hora las baterías gubernamentales machacaron las filas jacobitas mientras los highlanders aguantaban estoicamente la posición esperando a la señal de Carlos para iniciar la carga, lo que motivó las protestas de los jefes de varios clanes. En cuanto llegó la orden, el clan Chattan fue el primero en cargar y, presa de las ciénagas, tuvo que desviarse hacia la derecha, con lo que colapsó a los que cargaban por ese lado y al ataque en general. En semejante caos, sobre un terreno blando e irregular, las salvas de cañones con metralla y las carabinas gubernamentales, causaban bajas con una facilidad pasmosa. 



Todo eran malas noticias para Carlos: el clan McDonald molesto por su ubicación en el flanco izquierdo rehusó la carga, el clan Campbell realizaba un ataque sorpresa a través de un muro lateral a las tropas jacobitas, la revolucionaria táctica de Cumberland para combatir el cuerpo a cuerpo contra los highlanders... En apenas una hora más de 1200 jacobitas yacían muertos y otros tantos heridos, además de 600 prisioneros. No hubo piedad, todos fueron rematados por las tropas de Cumberland que, desde entonces, se ganó el apelativo de "El carnicero".

El principe Carlos huyó como un cobarde, no sin antes enviar una carta a Lord Murray despidiéndole de su servicio. Mientras Lord Murray organizaba un nuevo ejercito de resistencia y criticaba a Carlos por no haber confiado más en él y por no haber administrado bien sus recursos.